rgura no me visitó. Y una vez, pero sólo una vez en el silencio de la noche, llegaron a través de la celosía los suaves suspiros que me habían abandonado, y adoptaron la voz dulce, familiar, para decir:
«¡Due
utos, y se detuvieron antes de salir de su sombra.
Un hombre muy apuesto se apoyó ociosamente en la celosía de la ventana. Miró al este y al oeste, escudriñando la mañana. Era el sargento Troy. Llevaba su cas